Siempre me dijeron que ser buena persona era lo correcto. Yo lo tomé literalmente: regalé mi tiempo, mis gustos y hasta mis silencios. Si había que renunciar, yo renunciaba con sonrisa. ¿Resultado? Mucho karma acumulado… y mucho cansancio acumulado también.

Hace 10 meses tomé una decisión radical: me vine a vivir al lugar de mis sueños. Sí, ese plan pastoril de vieja feliz en el campo que tenía desde siempre. No fue fácil —y no hablo de conseguir la casa—, hablo de descubrir que, aunque siempre estuve rodeada de gente, en realidad estaba sola. Y no sola en plan “mística introspectiva”, sino sola en plan “cuando necesito algo, desaparecen como por arte de magia”. Algunos venían por el café; otros, por el wifi. Yo pensaba que tenía amistades; resultó que tenía clientes temporales con cara humana.

No soy millonaria (ojalá), pero sí he perdido bastante en estos últimos años —personas, certezas, un empleo— y esas pérdidas me han mostrado el mundo real con lupa. La pandemia fue un antes y un después: me enseñó que la ciudad y su ruido me agotaban, que el “estar” para todo no siempre vale la pena, y que el trabajo remoto puede ser la cuota inicial para reencontrarte contigo misma. Fue el empujón para decir: “Basta de planes donde no quiero estar”.

Siempre tuve una vida económica estable —gracias a Dios por eso—: comida en la mesa, caprichos sin remordimientos y salud para moverme. Si algo me ha fallado, la vida me mandó señales a tiempo para arreglarlo. Bendecida, sí. Y con pocas ganas de fingir más.

No soy la reina de las fiestas ni la que tiene mil amigos. Al contrario: aprendí a hacer las cosas sola, a buscar soluciones sin esperar que venga alguien a salvarme. He ayudado más de lo que he recibido —y claro, pedir ayuda me cuesta— porque muchas veces, cuando la pedí, las puertas se hicieron las sordas. Así que aprendí a evitar decepciones: sigo sola, pero con menos dramas y más paz.

Hace casi cinco años perdí a quien siempre estuvo ahí. Esa persona que me enseñó a pelear por lo que quiero, a sobrevivir sin pedir nada a cambio. Eso duele. No porque no valore lo que fue, sino porque siento que lo di todo en el momento justo. La pandemia cerró un ciclo y abrió otro: me dejó lista para emprender una ruta que sabía recorrer sola.

Hoy puedo decir que tengo gente alrededor, sí —pero aprendí a ver quiénes están por amor y quiénes están por interés. Si no les prestas dinero, si no les sirves de entretención… muchas veces ya no forman parte de tu vida. No hay límites, hay excusas. Y duele. Porque ahora que vivo a dos horas, aún escucho excusas que me confirman lo que ya vi: algunos no estaban por mí.

A pesar de todo, estoy feliz con la vida que elegí. Gracias a lo que dolió, vi quiénes me aman de verdad. Si no hubiera perdido tanto —padres, empleos, comodidades— hoy seguiría en una felicidad disfrazada de frustración. Me arrancaron a quienes no valoraron mi sinceridad o no supieron aceptar un “no”. Y no, no me siento egoísta por alejarme de lo que me dañaba. Al contrario: me siento libre.

Pensaba que era introvertida, quizá imprudente. Resulta que soy honesta conmigo misma y con mis principios. Eso espantó a lo que no suma. Dios (o la vida, como prefieras llamarlo) me dio la oportunidad de estar donde realmente quiero, y la aprovecharé lo que dure. Aprendí a soltar, sin descuidar lo que para mí es innegociable. Si me llamas terca o difícil, perfecto: para ti fue el trato necesario. Yo doy a cada quien lo que, según mi criterio, se merece.

Al final del día, todo duele un poco, sí —pero también enseña. Y yo, que ya aprendí a caminar sola, voy a disfrutar el paisaje del camino a mi manera. ¿Quién dijo que la soledad no puede tener sentido del humor?

Deja un comentario

acerca de este espacio

Construyendo ideas… mas adelante encontrarás

Explorar